No estoy pidiendo amor, ni siquiera deseo...

Ella, cansada, se retiraba de la afrenta. El calor de aquel día la sofocó más que de costumbre. Estaba harta de escuchar explicaciones ridículas, de falsos aduladores, de insípidas despedidas.

Cuando uno escribe de toros nunca imagina lo que pasará después. En ocasiones la vida es justa y alguien del tendido te da la espalda... te entrega su espalda y entonces te llenas las manos de una sustancia oscura y liviana que produce deseo. Pero sólo es un momento fugaz. 



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