sábado

Imagen literaria del final de una "faena"...

  • Es un fragmento de la novela Sangre y Arena... de  Vicente Blasco Ibáñez...

Gallardo sintió la corazonada de sus mejores éxitos. ¡Ahora!... Lió la muleta con un movimiento circular de su mano izquierda, dejándola arrollada en torno del palo, y elevó la diestra a la altura de sus ojos, quedando con la espada inclinada hacia la cerviz de la fiera. La muchedumbre se agitó con movimiento de protesta y escándalo.

-¡No te tires!...- gritaron miles de voces-. ¡No...no! Era demasiado pronto. El toro no estaba bien colocado: iba a arrancarse y a cogerlo. Movíase fuera de todas las reglas del arte. Pero ¿qué le importaban las reglas ni la vida a aquel desesperado?

De pronto se echó con la espada por delante, al mismo tiempo que la fiera caía sobre él. Fue un encontronazo brutal, salvaje. Por un instante, hombre y bestia formaron una sola masa, y así marcharon juntos algunos pasos, sin poder distinguirse quién era vencedor: el hombre con un brazo y parte del cuerpo metido entre los dos cuernos; la bestia bajando la cabeza y pugnando, por atrapa con sus defensas el monigote de oro y colores, que parecía escurrirse.

Por fin se deshizo el grupo, la muleta quedó en el suelo como un harapo, y el lidiador, libre las manos, salió tambaleándose por el impulso del choque, hasta que algunos pasos más allá recobró el equilibrio. Su traje estaba en desorden; la corbata flotaba fuera del chaleco, enganchada y rota por uno de los cuernos.

El toro siguió su carrera con la velocidad del primer impulso. sobre su ancho cuello apenas destacaba la roja empuñadura del estoque, hundido hasta la cruz. De pronto, el animal se detuvo en su carrera, agitándose con doloroso movimiento de cortesía; dobló las patas, inclinó la cabeza hasta tocar la arena con su hocico mugiente, y acabó por acostarse con estremecimientos agónicos...

Pareció que se derrumbaba la plaza, que los ladrillos chocaban unos con otros, que la multitud iba a huir presa de pánico según se ponía de pie, pálida, trémula, gesticulando y braceando. ¡Muerto!...¡Qué estocada! Todos habían creído, durante un segundo, enganchado en los cuernos al matador; todos daban por seguro verle caer ensangrentado sobre la arena; y al contemplarle de pie, aturdido aún por el choque,  pero sonriente, la sorpresa y el asombro aumentaban el entusiasmo.

-¡Qué bruto!-gritaban en los tendidos, no encontrando algo más justo para expresar su admiración-. ¡Qué bárbaro!

Y los sombreros volaban a la arena, y un redoble gigantesco de aplausos, semejante a una lluvia de granizo, corría de tendido en tendido conforme avanzaba el matador por el redondel, siguiendo el contorno de la barrera, hasta llegar frente a la presidencia.

La ovación estalló estruendosa cuando Gallardo, abriendo los brazos saludó al presidente. Todos gritaban, reclamando para el diestros lo honores de la maestría. Debían darle la oreja. Nunca tan justa esta distinción. Estocadas como aquella se veían pocas, y el entusiasmo aún fue mayor cuando un mozo de la plaza le entregó un triángulo obscuro, peludo y sangriento: la punta de una de las orejas de la fiera.


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Publicada en 1908 la cita viene a cuento porque estamos precisamente a cien años de aquellas corridas donde se lidiaba al toro pero lo más importante es la muerte de éste, ya que justo en esos tiempos es cuando Belmonte y Gaona transforman la tauromaquia y entonces es en ese punto donde las "faenas" toman protagonismo aunque la muerte del toro jamás será suplantada porque es con ella con lo que el ritual culmina. Este ritual de sangre y de muerte donde la armonía de aquellos dos cuerpos causan angustia, pánico, ardor, arrebato, hasta melancolía... es como desgarrar el alma exponiéndola ante ese par que casi siempre está en lo suyo.


La oreja se comienza a otorgar a manera de epílogo y paga al torero y su osadía. Sin embargo es hasta los 20's que toreros mexicanos y españoles comienzan a construir el toreo actual a manera de intrincada y angustiosa competencia, pero allá en España... batalla que al romper la Guerra Civil se agudiza y se sale de control siendo la expulsión de los mexicanos la única salida eficiente a semejante problema.

Los toreros españoles temerosos solicitan que ningún mexicano pise el ruedo, así las cosas mientras la Península se convulsiona en una lucha hombre a hombre afuera de la plaza. Los mexicanos regresan a su tierra y consolidan su propia identidad taurina, multifacética, multiétinica, multiplicada  por cada uno de los abuelos y padres de quienes toman muleta y estoque.

Mucho se dice de si ahora se torea mejor que nunca... yo creo que no hay punto de comparación... las orejas hace cien años se daban para que el torero tuviese derecho sobre el cadáver del toro, no por aumentar una cifra y subir en una vanidosa y falsa lista de triunfos...  Y que no por eso ya no se toree... pero digo los motivos han cambiado... mucho y no podríamos decir que antes no era mejor porque se tenía una idea diferente. Hoy se le otorga una oreja a Perera a pesar de la estocada defectuosísima... y qué la gente se va feliz y el otro también pues con ello puede justificar la segunda fecha programada o puede solicitar otra. Y así las cosas...


Que no le vean la cara de villamelón-closetero con eso de "hoy se torea mejor que ayer" pues a poco no el fragmentito de Blasco Ibáñez no emociona igual, no le habría dado usted la oreja?


Esperemos a mañana a ver que traen los toros en La México....








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